A veces las cosas que no te gustan acaban saliendo bien, y las que parecen habituales, mal.

Tomi llevaba toda la semana dando la brasa con ir a jugar a los bolos. A mí, qué queréis que os diga, la verdad es que no me gustan. Lo de coger una bola pesada y enorme (en relación a las víctimas, quiero decir) y lanzarla contra diez formas estáticas puede estar bien una o dos veces, pero luego se hace repetitivo y a mí me cansa. No sé, hace falta algo más para que me resulte atractivo, como, por ejemplo, que los bolos se muevan o sangren o algo así.

Anoche fue el día elegido. El lugar, finalmente, fue la bolera que hay en el Gran Fiasco Comercial que abrieron a bombo y platillo a las afueras de Alcalá hace tan sólo dos años, y que a día de hoy tiene prácticamente cerrados todos sus locales. No pensaba jugar, pero como te ofrecen dos partidas a buen precio los fines de semana, y éramos muchos, pensé que igual me acababa muriendo del asco y decidí jugar yo también. Y menos mal, porque con nuestro nivel y con el número de personas que éramos, las dos partidas nos duraron tres horas, hasta las dos de la mañana.

Por cierto, nadie se sorprendió más que yo misma cuando, en mi primer lanzamiento, tiré todos los bolos e hice mi primer strike. Yo tengo una máxima en este juego, que es lanzar la bola y ya está, porque ella ya sabe lo que tiene que hacer y a dónde debe llegar. Eso sí, hay que mirarla durante todo el recorrido con el ceño fruncido, para que se motive. Y para que los bolos se asusten y se dejen derribar con facilidad.

Lo cual me recuerda que tengo amigos que a estas alturas no saben que, conmigo, si quieres empezar una guerra, tienes que estar dispuesto a sufrir las consecuencias. ¿Verdad, Koskis? :-P

Después de la bolera, como era tarde y en aquel lugar no había ni un alma (y probablemente apenas un par de locales abiertos, de los poquitos que quedan aún en funcionamiento), decidimos ir a La Garena a tomar algo. Y en qué hora, porque descubrimos que la Policía Local últimamente está en modo recaudatorio. Antes se ponían en el aparcamiento de la estación de tren a vigilar que la gente no hiciera botellón; pero ahora hay como siete coches patrulla en una zona de unos 500 metros. Poniendo multas absurdas; porque mira que había coches que multar por allí. Pero, por lo que vimos, es más divertido poner multas sin sentido y ejerciendo abuso de autoridad. Y prefiero no seguir, porque me cabreo.

(Y no, si os lo estáis preguntando, ni a Ki ni a mí nos pusieron multas).

Bueno, digamos que después de una sesión de aparcamiento y otra de fotos, acabamos en un irlandés donde tenían al pincha cantando rancheras (?) tomando algo, hablando bastante y descargando adrenalina acumulada.

Al final nos fuimos todos a casa sobre las 4 de la mañana, que no es excesivamente tarde, pero después de tanto tiempo sin salir se nota mucho la hora. Y sobre todo, yo volví mucho más tranquila y sin rastro de paranoia. Volverá mañana, claro; pero mañana será otro día.